Una ministra con temple para la cultura

Por: Johana Baldovino

El nombramiento como Ministra de Cultura de la excandidata presidencial por el Centro Democrático, la exsenadora Paola Holguín, no podía estar exento de matonéos ni de señalamientos. Por ser mujer ya tenía los primeros detractores gratuitos. Por ser opositora al gobierno de Gustavo Petro ya contaba con la estigmatización por parte de los fanáticos del Pacto Histórico, sus virulentas redes sociales, sus bodegas y trinadores. Por ser uribista ya llevaba una cruz a sus espaldas con todo el peso de la difamación y el desprestigio que manejan los seguidores, militantes y simpatizantes del izquierdismo infantil, del progresismo y de todos aquellos que de una u otra manera llevan agua al molino a las fuerzas subversivas, a los guerrilleros y a las bandas criminales.

Pero el presidente Abelardo de la Espriella, fiel a sus postulados, nombró contra viento y marea a una mujer que puede hacer florecer los proyectos culturales con criterio, liderazgo y capacidad de construir sobre lo construido. Una percepción femenina capaz de tender puentes y de unir diferentes voluntades para convertir esta cartera en una entidad que reviva la pertenencia cultural de los colombianos. Y genere resultados en la pertinencia de una identidad cultural con la perspectiva de recuperar valores refundidos en relatos progresistas. Que fortalezca el concepto de la patria Milagro para fomentar la reformulación de una visión nacional que se desmarque de la tendencia seudo posmoderna de tergiversar los principios fundacionales de la República.

La designación de Paola Holguín como Ministra de Cultura es un acierto muy a pesar de periodistas militantes y bodegueros petristas que ya han empezado a demonizarla. Se estrellan los vociferadores en su contra con el temple de una senadora que durante años ha resistido toda clase de embates de la más baja calaña. Desde los fotomontajes con Pablo Escobar cuando empezaba su juventud hasta las insinuaciones calumniosas como lo hace tristemente hoy otra mujer periodista, pero de izquierda, que pretende asociarla infundadamente con el paramilitarismo. Ella es aguerrida y no le teme a los difamadores de oficio. Y por ironías de la vida los ataques malintencionados solo le sirven para recordar que hay un gran déficit cultural en el país que se debe atender con urgencia.

El Ministerio de Cultura está obligado a retomar una serie de responsabilidades que comienzan por recrear cultura ciudadana, cultura política y cultura de comprensión del Estado de Derecho. No solo se debe inspirar filosóficamente para liderar un sector en el que convergen el patrimonio cultural, las bellas artes, la música, el cine, el teatro, la danza y la literatura, ni es apenas preservar el valor de las bibliotecas y de los museos. Esta cartera se ha de ocupar de la industria audiovisual, inmersa en nuevas tecnologías, de innovadores renglones económicos y novedosos negocios culturales y creativos y de las diversas y renovadas expresiones culturales que nacen desde los territorios de la Colombia profunda para fomentar y enriquecer la identidad nacional.

La Ministra tiene grandes retos si parte de que lo que deja en el ministerio el gobierno de Gustavo Petro es una cartera con agenda progresista, que es justamente lo que El Tigre Abelardo quiere cortar de raíz. No es casual que los sectores de izquierda y los parlamentarios del Pacto Histórico hayan salido a manifestar su rechazo a la nueva ministra porque la consideran sectaria. La exsenadora ha sido radical contra muchas de las posiciones que consideran la cultura un instrumento político y que ven las artes como una herramienta de difusión ideológica, las que solo merecen impulso si su orientación es de izquierda. Tendrá que enfrentar incluso a algunos actores que han entrado en la orbita del progresismo y reproducen el relato mamerto, que al final es excluyente.

Precisamente por lo que el presidente electo llama la batalla cultural, la Ministra tendrá que asumir en serio su papel en la junta directiva de RTVC, donde tiene un escaño, al igual que la Ministra de Educación. Desde allí podrán hacer equipo para rescatar el valor cultural y educativo de la televisión pública, cuya misión es la de contribuir al conocimiento y a desarrollar los saberes, así como fomentar el desarrollo cultural en todas sus dimensiones. La batalla cultural conlleva acabar con lo que ha hecho el gobierno Petro al convertir el ente público de televisión en un aparato propagandístico de la ideología del gobierno. La televisión educa y deseduca, culturiza y desculturiza. Tremenda batalla la que les espera a estas ministras.

En momentos en que las nuevas tecnologías han desplazado a la comunicación como eje central de la formación, razón por la que ahora se llama Ministerio de las TIC el antiguo ministerio de comunicaciones, el rol de la televisión pública juega un papel determinante tanto en el terreno educativo como en el cultural. En Colombia toma total vigencia la apuesta del teórico de la comunicación chileno, Valerio Fuenzalida cuando afirma que la televisión es un importante canal de difusión cultural, un aliado educativo y un espacio de convergencia de las diversidades. El asunto hoy tiene que ver con acertar en los formatos y en los lenguajes, pero desde luego pasa por que los relatos no pertenezcan a visiones revisionistas de la historia del país.

Son ingentes las tareas que debe emprender la titular de la cartera de cultura, que además requieren del valor que ha mostrado la ministra en su trasegar político. La batalla cultural pasa por el desafío de conectar ese inmenso ecosistema y construir puentes entre creadores e instituciones, impulsar canales de participación entre las regiones y el gobierno central, entre la formación y el entretenimiento. Así mismo ha de fomentar escenarios de cooperación entre lo público y lo privado con miras a generar el mayor nivel de acceso a la cultura a partir del patrimonio y de abrir las compuertas a la innovación. Urge desarrollar la arista formativa de la television, como vehículo clave para la formación permanente de la sociedad contemporánea y de la futura.

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