La verdadera cara del “Tigre”

Por: Francy Manuela Arango

«En el desayuno se conoce el almuerzo», y el nacimiento de una nueva era para Colombia quedaría grabado para siempre en la memoria de la patria con un acto de insuperable dignidad. Un hombre con el poder, las conexiones y la envergadura internacional de Abelardo de la Espriella podría haber enfocado su investidura exclusivamente en exhibir el inmenso respaldo geopolítico que lo acompañaba. Y es que el escenario no podía ser más imponente: la presencia del rey Felipe VI de España, junto a los presidentes Javier Milei (Argentina), Daniel Noboa (Ecuador), Santiago Peña (Paraguay), José Raúl Mulino (Panamá) y Luis Abinader (República Dominicana), sumados a la asistencia de los más altos funcionarios del Gobierno de los Estados Unidos, proyectaban un apoyo de escala mundial. Sin embargo, al otorgar el lugar de mayor honor a don Luis, un hombre de manos trabajadoras y símbolo vivo del pueblo colombiano, la investidura trasciende el protocolo y se convierte en una declaración de amor patrio.

Si bien, ajustados a la realidad constitucional y protocolaria, don Luis no fue quien impuso la banda presidencial, su presencia estelar en la ceremonia y el genuino gesto de empatía y cercanía hacia él hablaron más fuerte que cualquier formalismo. Este reconocimiento no obedece a una pose calculada ni a una obligación política, sino al respeto sagrado por el ciudadano de a pie que ha resistido en silencio el abandono, la violencia y la miseria.

Esta decisión cobra la magnitud de una epopeya al contemplar quién es el hombre que la lidera: un patriota de mundo poseedor de una inmensa fortuna y una independencia económica tan enorme que le permitiría estar, en este preciso instante, disfrutando del descanso en su villa en Europa, apartado del dolor y la agitación nacional. Y más allá del patrimonio, lo que hoy está en juego es un desprendimiento absoluto: Abelardo de la Espriella no solo arriesga su tranquilidad, sino que ha puesto su propia vida y la seguridad de su familia en la línea de fuego. En un país donde el narcotráfico y los carteles actúan sin miramientos, dar un paso al frente para desafiar a los violentos y al radicalismo es un acto de valentía que se alinea con el principio bíblico expresado en Lucas 12:48: «A todo aquel a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá». Al contrastar el enorme peso de la diplomacia internacional y el respaldo de la Casa Blanca con el abrazo sincero a un hombre sencillo como don Luis, la abundancia y el liderazgo dejan de ser un privilegio individual para convertirse en un deber sagrado al servicio del pueblo trabajador.

Su sensibilidad por las necesidades del pueblo no es una proclama calculada en campaña; es el testimonio de una vida entera guiada por la empatía directa. Su compromiso con la gente no es una promesa electoral de papel; es una huella imborrable construida a lo largo de los años. Así lo demostró durante los días más oscuros de la pandemia cuando impulsó la iniciativa de «Cosecha Solidaria» reseñada por La Lengua Caribe, comprando a precio justo cientos de toneladas de cosechas de ñame a los campesinos de Córdoba que iban a perderlo todo, para distribuirlas gratuitamente entre las familias más necesitadas. De igual manera, a través de la Fundación Abelardo de la Espriella, creó un programa de becas universitarias que le ha cambiado la vida a jóvenes brillantes de escasos recursos, transformándolos en profesionales y demostrando que el progreso se construye abriendo puertas de excelencia, otro gesto noble cuando le regaló una nevera a su trabajadora doméstica, acto de  desprendimiento que, dolorosamente, desató la envidia y la persecución de los propios vecinos de la mujer. Ese episodio retrata la triste patología de la envidia de pares aquella trampa donde, como en la célebre lección de los cangrejos en la cesta, la mezquindad de algunos intenta arrastrar hacia el fondo al que logra salir adelante hasta condenar a todos a perecer en la miseria compartida. Una dolencia social que la izquierda y los enemigos de la patria han explotado con doble moral para azuzar el odio de clases, fracturar a las familias y justificar la destrucción institucional que dejó el gobierno de Gustavo Petro.

Frente a la amenaza de los grupos armados y el intento de la criminalidad por despojar a los colombianos de su libertad, la patria no admite tibiezas, cobardías ni resignación. Apoyar esta causa es comprender que cuando un hombre que lo tiene todo decide arriesgar su vida por salvar a su país, el deber moral de cada ciudadano es ponerse de pie, soltar las cadenas del resentimiento y defender la nación con la misma ferocidad con la que los violentos pretenden destruirla. Es momento de sentir el orgullo de ser colombianos, de rodear a quien se enfrenta sin miedo a los carteles y a la tiranía, y de construir, junto al pueblo humilde representado en la figura de don Luis, la Colombia grande, firme, segura y gloriosa que jamás volverá a arrodillarse.

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