LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL

De cómo la optogenética está abriendo nuevas posibilidades para la medicina.

Por Manuela Ramos Villegas y Luis Manuel Ramos Perdomo

Hace aproximadamente 9 años, tras una serie de desmayos, temblores involuntarios y no saber o recordar en dónde me encontraba o qué estaba haciendo en el lugar o momento, empezó el viaje por un extenso y oscuro túnel.

La ansiedad e incertidumbre ante el encuentro con cada uno de los muchos especialistas, los diagnósticos, los resultados de cada examen o prueba y la reacción a un tratamiento o medicamento y por supuesto, las mil terapias.

Señales, todas a lo largo de los años, pero escritas en un idioma que muy pocos conocen o entienden y que sólo a la luz de lo vivido, vistas con rigurosidad y método por el retrovisor, confirmaron una de las múltiples hipótesis: posiblemente era genético.

Era una soleada tarde de sábado y durante el almuerzo, mi hija y hoy compañera en esta comuna me sorprendió con una conversación inolvidable:

M- Papito ya sé que voy a estudiar cuando sea grande.

LM- Que bueno, cuéntame hija.

M- Voy a estudiar Neurociencias en Nueva York.

Me sorprendió la conversación y mucho más la respuesta que pronunció cuando le pregunté por las razones de su decisión:

M.- Voy a estudiar Neurociencias, porque yo te voy a curar.

Las lágrimas que hasta ese momento se derramaban silenciosamente y hacia adentro brotaron, las palabras se volvieron a olvidar pero en esta ocasión porque fueron borradas por ese abrazo que quedó congelado en el tiempo.

Para ese momento la medicina se empezaba a acompañar de espiritualidad, misticismo, religión, Ángeles, Dios, el Santo Rosario y de casi cualquier otra cosa que razonable o irrazonablemente pareciera solución.

A las citas y terapias se unieron los retiros espirituales y la música se convirtió alabanza. De ir a misa pocas veces o para asistir a matrimonios o ciertas ceremonias, empecé a pasar más tiempo en iglesias y el “Santísimo”.

El viaje continuó con cargas de misticismo, esoterismo, ancestralidad y cualquier otra irresponsable y necesaria actividad que me hiciese sentir que continuaba en la búsqueda de aquello que me faltaba y me permitiría sentirme “normal”.

Una de las mejores partes del túnel, fue convertir el amor por los perros y el hobby de criarlos o participar en exposiciones, en un protocolo terapéutico mediante el estudio de las Intervenciones Asistidas por Perros en Salud.

No podían faltar las sobre cogedoras experiencias sobrenaturales: “liberaciones” y exorcismos.

Tampoco faltó el insomnio al que distraje con lecturas de casi todo lo que pareciera útil o necesario, así terminará siendo todo lo contrario.

Corrí cada carrera, media maratón, maratón y ascenso a montañas, subí nevados y atravesé Los Andes corriendo durante 3 días.

Me volví adicto al ejercicio y funcionó como todo, por un tiempo.

Me faltó hacer Constelaciones Familiares y decidí no hacerlas.

Nada funcionaba o todo funcionaba poco. Prueba y Error.

El COVID, la pandemia y el aislamiento, todo lo empeoraron.

Abandoné la Ciudad, dejé el trabajo, me fui a vivir en un Páramo, lo más parecido a refugiarse en los cuarteles de invierno.

Una mezcla de ermitaño, anacoreta y un remanente de sibarita en la existencialista búsqueda de un milagro.

Era oficial: estaba “loco”, sufría de depresión, lo que no es lo mismo, pero es igual.

Al margen de todo, entendí el valor de una frase que escuché hace un tiempo de boca de un querido Colega y amigo: los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios.


Para quienes han vivido de cerca la incertidumbre de una enfermedad, los avances científicos pueden significar mucho más que un descubrimiento: pueden abrir nuevas posibilidades y ofrecer razones para seguir buscando respuestas. Uno de estos avances es la optogenética, una técnica cuyo desarrollo fue reconocido con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2026, otorgado a Peter Hegemann, Georg Nagel y Karl Deisseroth.

La optogenética combina la genética y la luz para controlar la actividad de neuronas específicas. Para lograrlo, los investigadores introducen instrucciones genéticas que permiten a determinadas células producir proteínas sensibles a la luz, llamadas opsinas. Después, mediante una luz de longitud de onda específica, pueden modificar la actividad eléctrica de esas neuronas con una precisión temporal extraordinaria.

¿Por qué es importante? El cerebro contiene miles de millones de neuronas que se comunican mediante señales eléctricas y químicas. Aunque los medicamentos y otras técnicas permiten modificar su actividad, no siempre es posible identificar con precisión qué circuitos producen determinados efectos. La optogenética permite estudiar qué ocurre cuando se activa o inhibe un grupo específico de neuronas y, así, comprender mejor su función.

Esta capacidad ha abierto nuevas vías para investigar los circuitos relacionados con las emociones, la motivación y el estrés. En estudios con animales, los investigadores han podido examinar cómo determinadas conexiones neuronales participan en conductas motivadas y experiencias emocionales. Estos descubrimientos ayudan a investigar los mecanismos que podrían intervenir en trastornos psiquiátricos, aunque todavía no permiten explicar condiciones complejas como la depresión a partir de un único circuito cerebral.

La optogenética también ha comenzado a mostrar posibilidades terapéuticas en seres humanos. En 2021, Sahel y colaboradores publicaron un estudio en el que un paciente con retinitis pigmentosa recuperó parcialmente ciertas capacidades visuales gracias a una terapia optogenética combinada con gafas especiales. Aunque no recuperó la visión normal, el resultado demostró que esta estrategia podía producir una mejora funcional en una persona con una enfermedad degenerativa de la retina.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre utilizar la optogenética para investigar el cerebro y convertirla en un tratamiento. Su aplicación clínica requiere superar desafíos técnicos y biológicos, y actualmente no constituye un tratamiento establecido para la depresión ni para otros trastornos psiquiátricos.

Aun así, comprender mejor los circuitos neuronales podría contribuir al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas, incluidos medicamentos e intervenciones de neuromodulación más específicas. Su importancia va más allá de la tecnología: también nos recuerda que los trastornos mentales no deben interpretarse como una falta de voluntad o una debilidad de carácter. Aunque todavía queda mucho por comprender sobre su origen y tratamiento, las personas que los padecen merecen empatía, respeto por su autonomía y acceso oportuno a una atención médica de calidad.

Quizás ahí esté la verdadera luz al final del túnel. No en prometer una cura inmediata, sino en ampliar, mediante la investigación rigurosa, las posibilidades de comprender el sufrimiento y desarrollar mejores tratamientos. La ciencia no elimina toda incertidumbre, pero permite convertir algunas de nuestras preguntas más difíciles en caminos de investigación y, eventualmente, en nuevas oportunidades hacia una medicina más precisa y una atención más humana.

Como estudiante de tercer año de Neurociencias y Comportamiento en la Universidad de Columbia; monitora de la asignatura Ciencia de la Psicología e investigadora en el Bogunovic Lab del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia, e hija de quien vive, sufre y disfruta de esa condición especial de salud mental, a la que llaman depresión, siento que hay Luz al final del túnel.

Al momento de escribir esta columna se celebra el día mundial de la salud mental, y nuestra experiencia como familia nos obliga a dejar en estas líneas un testimonio con la esperanza de sensibilizar frente a una problemática tan real como vergonzante.

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