La frase que Abelardo de la Espriella repite al cerrar sus discursos —incluida la alocución del 30 de agosto de 2026, minutos después de pedir disculpas por orden judicial— no es un fenómeno aislado de Colombia. Su versión en inglés, «Christ is King», protagoniza desde hace años una controversia paralela en Estados Unidos, con actores, hechos y motivaciones propias en cada caso.
El origen es litúrgico: la Solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el papa Pío XI en 1925 mediante la encíclica Quas Primas. El grito de combate nació después, en la Guerra Cristera mexicana (1926-1929), cuando campesinos católicos se levantaron en armas contra las leyes anticlericales del presidente Plutarco Elías Calles —quien había pertenecido en su juventud a una logia masónica en Sonora.
En Colombia, el rechazo de la izquierda a la frase no nace con Abelardo de la Espriella ni con esta coyuntura: tiene una raíz constitucional e histórica concreta. La Constitución de 1886, producto de la Regeneración conservadora liderada por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, declaró a la religión católica «elemento esencial del orden social» y selló al año siguiente un Concordato con la Santa Sede que le entregó a la Iglesia el control de la educación pública y una influencia directa sobre la moral y las costumbres del país. Bajo ese marco, buena parte del siglo XX colombiano vivió con una identificación explícita entre el Partido Conservador y la ortodoxia católica, y entre el liberalismo y el ateísmo o la masonería —una asociación que la propia jerarquía eclesiástica alimentó desde el púlpito en más de una campaña electoral.
Esa identificación se volvió sangre durante La Violencia (1948-1958). El testimonio más citado de ese periodo es el del padre Fidel Blandón Berrío, secretario del célebre «cura de Marmato» y obispo Miguel Ángel Builes, quien documentó bajo el título Lo que el cielo no perdona —publicado en 1950 bajo el seudónimo de Antonio Gutiérrez, por miedo a represalias— casos de sacerdotes en el Viejo Caldas que negaban la absolución y hasta la sepultura religiosa a liberales, y que desde el altar bendecían explícitamente la persecución armada contra ellos. Blandón terminó procesado por injuria y calumnia a instancias del propio Partido Conservador. Eduardo Caballero Calderón noveló ese mismo fenómeno dos años después en El Cristo de espaldas, retratando a un cura de pueblo atrapado entre la orden de callar la violencia sectaria y su conciencia. Es en ese archivo histórico —no en una consigna verbal puntual que hasta ahora no hemos podido documentar con fuente primaria, pese a la afirmación de Juan Fernando Cristo en La FM sobre Laureano Gómez y las «bandas conservadoras»— donde se origina la alergia de la izquierda colombiana a cualquier fusión entre autoridad política y simbología católica exclusiva: la memoria de una violencia que, en algunas regiones, se ejerció con literal bendición eclesiástica.
Esa desconfianza se proyecta también sobre el terreno constitucional actual. La Constitución de 1991 rompió expresamente con el modelo confesional de 1886: su artículo 19 garantiza la libertad de cultos y consagra un Estado laico y plural. Para buena parte de la izquierda colombiana, que un presidente cierre sus alocuciones invocando a «Cristo Rey» —el mismo título que en 1925 se acuñó, en palabras de Pío XI, precisamente para reafirmar la soberanía de la Iglesia frente a los Estados seculares— no es un gesto neutro de fe personal, sino la reaparición simbólica del viejo Estado confesional que la Constitución vigente buscó enterrar.
En España, la frase tuvo una segunda vida, más violenta y más reciente. Adoptada por sectores del bando franquista durante la Guerra Civil (1936-1939) como grito de combate y últimas palabras de católicos fusilados por milicias republicanas, sobrevivió al franquismo y reapareció ya en democracia con los Guerrilleros de Cristo Rey (GCR), un grupo parapolicial de derecha activo entre finales de los años sesenta y los primeros años de la Transición. Dirigidos por Mariano Sánchez Covisa, veterano de la División Azul, y nutridos en buena parte por militantes carlistas, los GCR atacaban a curas progresistas, sindicalistas y universitarios antifranquistas; en 1977 asesinaron por la espalda a un joven de 19 años, Arturo Ruiz, en Madrid, gritando precisamente «¡Viva Cristo Rey!».
El historiador Paul Preston y el investigador Rodríguez Tejada han documentado sospechas fundadas de que el grupo mantuvo vínculos con los servicios secretos del Estado (el SECED) durante la presidencia de Carrero Blanco, y de connivencia con el gobierno y con Fuerza Nueva, la agrupación de extrema derecha de Blas Piñar. La propia Iglesia terminó «repudiando» al grupo, según el historiador Stanley Payne, y su disolución se completó a comienzos de los años ochenta, ya con la Constitución española de 1978 en vigor.
En Estados Unidos, la versión en inglés de la frase, «Christ is King», fue cooptada de forma explícita por figuras identificadas de la derecha conservadora y republicana. Un informe de 2024 del Network Contagion Research Institute encontró que las menciones de la frase en X se multiplicaron por cinco entre 2021 y 2024, y que más de la mitad del contenido asociado a ella para ese año provenía de cuentas de perfil republicano, con Nick Fuentes, Candace Owens y Andrew Tate entre los amplificadores más influyentes. Fuentes —que ha cuestionado el Holocausto y habla abiertamente de una «judería organizada» en Estados Unidos— ha usado la consigna en contextos donde llama a los judíos «enemigos de Cristo sin futuro» en el país. Ese uso concreto llevó a que la Religious Liberty Commission de Estados Unidos, creada por el gobierno de Donald Trump, dedicara una audiencia completa al tema en febrero de 2026.
La comisionada Carrie Prejean Boller dijo que, como católica, se opone al sionismo político sin que eso la convierta en antisemita. El testigo Seth Dillon coincidió en que decir «Christ is King» no es en sí mismo un acto de odio —él mismo la repite como cristiano— pero advirtió que la frase «ha sido cooptada» por sectores extremistas específicos, algo distinto de la fe que profesan millones de personas sin ninguna intención de exclusión.
La masonería, por su parte, objeta la frase por razones filosóficas propias, sin relación con lo anterior: fundada en el deísmo y el reconocimiento de un «Gran Arquitecto del Universo» sin dogmas particulares, rechaza cualquier proclamación religiosa exclusiva en el espacio público por considerarla contraria a su principio de neutralidad.
La objeción desde el judaísmo tiene, a su vez, una raíz estrictamente doctrinal. El judaísmo no reconoce a Jesús como el Mesías: espera, según su propia tradición, a una figura mesiánica que aún no ha llegado, y por tanto no comparte la afirmación central que encierra la fórmula «Cristo Rey». Esa diferencia teológica, de siglos de antigüedad y ampliamente documentada por la propia tradición rabínica, es distinta del fenómeno de cooptación extremista descrito antes en Estados Unidos: una cosa es que una religión no comparta la premisa central del cristianismo, algo esperable entre credos distintos, y otra muy distinta es que una consigna religiosa sea usada por grupos identificados para hostigar a personas judías, que es lo que documentó el informe del NCRI.
Cuatro objeciones, cuatro archivos históricos distintos: la memoria de un Estado confesional y una violencia partidista con sello eclesiástico en Colombia; un grupo armado de extrema derecha con presuntos vínculos estatales en la España posfranquista; un fenómeno extremista documentado con nombres propios en las redes estadounidenses; y una postura filosófica de la masonería. Ese es el mapa completo detrás de una frase litúrgica de 1925 que, un siglo después, sigue provocando este nivel de controversia.
