Por: El Expediente
Leonardo da Vinci pintó La Última Cena entre 1495 y 1498 por encargo del duque de Milán, Ludovico Sforza, para el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie en Milán. El mismo duque que la encargó murió encarcelado sin ver terminada la obra.
La obra mide 460 centímetros de alto por 880 de ancho. No es un cuadro. Es un mural pintado directamente sobre una pared del comedor donde los monjes dominicos hacían sus comidas. Durante siglos, los monjes comieron frente a ella a diario.
La perspectiva del mural está calculada con tal precisión que quien entraba al refectorio y se daba la vuelta veía una cuarta mesa que parecía sumarse a las del comedor, con Cristo y sus apóstoles sentados como si fueran un grupo más de la reunión.
Leonardo no usó la técnica del fresco tradicional, que exigía rapidez y no admitía correcciones. En su lugar inventó una mezcla experimental de temple y óleo sobre yeso seco que le permitía trabajar con la lentitud y el detalle que su perfeccionismo exigía.
Esa decisión fue un error técnico monumental. El yeso no absorbe el óleo correctamente y la pintura comenzó a deteriorarse antes de que Leonardo terminara de pintarla.
El cronista Antonio de Beatis la describió en vida del autor como «excelentísima, si bien comienza a deteriorarse.» Leonardo pudo ver cómo su obra maestra se destruía frente a sus ojos.
El poeta Goethe la llamó «un cadáver.» La obra ha sido restaurada veinte veces. Los especialistas calculan que hoy se conserva entre el 18 y el 20 por ciento de la pintura original.
El 14 de agosto de 1943 un bombardeo aliado destruyó el refectorio donde está pintada. La pared del mural sobrevivió porque los soldados italianos la habían cubierto con sacos de arena.
La restauración más reciente duró 22 años, de 1977 a 1999, dirigida por Pinin Brambilla Barcilon. Hoy se accede a la obra en grupos de 25 personas cada 15 minutos para controlar la temperatura y la humedad de la sala.
El rey Luis I de Francia, al conquistar Milán, quedó tan fascinado con la obra que preguntó a sus ingenieros si era posible desprenderla de la pared y llevársela a su país. Le dijeron que era imposible sin destruirla.
Leonardo tardó más de tres años en terminarla y aun así nunca la consideró acabada. Sus contemporáneos relataron que había jornadas enteras en que pintaba sin detenerse a comer, y otras en que pasaba horas observando la obra sin tocarla.
Para encontrar el rostro de Judas recorrió las cárceles de Milán buscando modelos que tuvieran el aspecto físico que correspondía a un traidor. Se cree que usó su propio rostro para el apóstol Santiago el Menor.
El momento elegido no es la cena en sí sino el instante exacto en que Cristo dice «uno de vosotros me traicionará.» Las doce reacciones distintas de los apóstoles son el catálogo más completo de emociones humanas jamás pintado en una sola obra.
Los apóstoles están agrupados en cuatro tríos de tres figuras cada uno. Esa disposición matemática reproduce el número de la Trinidad multiplicado por cuatro, los evangelios.
Judas es el único apóstol que no tiene el rostro visible. Está envuelto en sombras con una mano buscando el pan y la otra agarrando la bolsa de monedas. A diferencia de toda la tradición iconográfica anterior, Judas no está separado del grupo sino integrado entre Pedro y Juan.
Judas tiene derramado un salero frente a él, símbolo de mal augurio en la cultura de la época. Es el único elemento de desorden en una composición geométricamente perfecta.
Pedro sostiene un cuchillo en la mano, referencia directa a lo que ocurrirá horas después en el huerto de Getsemaní, cuando cortará la oreja del criado del sumo sacerdote. Leonardo pintó la consecuencia antes de que ocurriera.Tomás, el apóstol del escepticismo, levanta un dedo índice hacia arriba. El mismo gesto que haría días después cuando exigiera meter el dedo en las llagas de Cristo resucitado antes de creer.
La figura a la derecha de Cristo, de aspecto delicado y sin barba, ha generado siglos de debate. Dan Brown la identificó como María Magdalena en El Código Da Vinci. Los cuadernos de bocetos de Leonardo la identifican sin ambigüedad como Juan, el más joven de los apóstoles.
En el Renacimiento, la perfección espiritual se representaba con rasgos delicados y andróginos. Juan, el apóstol predilecto de Cristo, debía ser el más bello y el más puro. No es una mujer. Es la representación neoplatónica de la pureza.
La historiadora italiana Elisabetta Sangalli descubrió en las ropas de los apóstoles piedras preciosas pintadas con significado simbólico preciso. En Juan aparece un diamante, símbolo de espiritualidad pura.
En Andrés, un zafiro azul que hace referencia a la Ciudad Celestial del Apocalipsis. Leonardo pintó ocho piedras en lugar de doce, número recurrente en el Apocalipsis de San Juan, el libro que el prior del convento que encargó la obra había estudiado en profundidad.
Se han encontrado en la obra rastros de láminas de oro y plata que Leonardo incrustó para dar realismo a los ropajes. El deterioro de la pintura ha hecho casi invisibles esos detalles.
En 2007 el informático italiano Slavisa Pesci afirmó haber encontrado notas musicales ocultas en la posición de las manos y los panes sobre la mesa. Si se leen de derecha a izquierda, como se escribe el hebreo, forman una melodía de cuarenta segundos.
La perspectiva lineal de toda la composición converge en un único punto de fuga: la cabeza de Cristo. Todos los elementos arquitectónicos del fondo, las ventanas, el techo y los tapices apuntan hacia él. Es una decisión geométrica que convierte a Cristo en el centro matemático absoluto del universo representado.
Detrás de Cristo hay una ventana que crea un halo natural de luz sin recurrir al nimbo tradicional. Cristo no tiene aureola en esta obra. Ningún apóstol la tiene. Es una declaración del humanismo renacentista: Leonardo los pintó como seres humanos reales, no como íconos sagrados.
Un estudio de la Universidad de Cornell publicado en 2010 analizó 52 pinturas de La Última Cena realizadas a lo largo de mil años. Descubrió que el tamaño de las porciones de comida representadas había aumentado un 69 por ciento, el tamaño de los platos un 66 por ciento y el del pan un 23 por ciento. La historia del hambre y la abundancia humana está registrada en las copias de una sola escena bíblica.
