El glifosato, herbicida de contacto al que le huye la mafia

Por: Francisco José Tamayo Collins

Hermano gemelo de eficaces productos de la agroindustria, el glifosato ha sido satanizado por algunos políticos, vaya uno a saber, colaboradores del narcotráfico u obligados a pagarles favores a sus financiadores… Esto, sin importar que existan más de 8.000 razones para argumentar la legalización de la droga, en boca de expresidentes “laureados” o señalados, ministros, exministros o senadores “sanos”.

Lo cierto del caso es que caficultores, arroceros, cultivadores de papa, floricultores y conocedores del campo, así como agrónomos con estudios avanzados hablan maravillas del glifosato, un herbicida de contacto que actúa de manera inmediata sobre todo lo que toca: plagas, hongos y cuanta amenaza pueda afectar las plantas de un cultivo.

Para sorpresa de quien escribe esta columna, al momento de profundizar en el tema, este tipo de productos ha sido utilizado desde hace décadas en Colombia, pero solo hasta que apareció la coca como materia prima para la elaboración de la cocaína surgieron los reparos y el desprestigio. ¿Por qué? Sencillamente, porque la hoja de coca muere de inmediato ante el poder del glifosato y se pierde por completo la inversión inicial de los carteles del narcotráfico, integrados por avezados negociantes que no desean perder un solo centavo de dólar.

Después de entrevistar a algunos expertos, cuya identidad protejo por respeto y haciendo uso del sentido común, es preciso anotar que la aplicación de cualquier herbicida de contacto demanda extremo cuidado, pues son productos que presentan un alto grado de toxicidad, perfectamente manejado por la agroindustria, gracias a exigentes protocolos de aplicación. Esto implica que las personas que se encargan de este tipo de operaciones en los cultivos deben portar uniforme con careta, guantes, botas, tapabocas y, además, cumplir un estricto lavado de manos con agua y jabón, antes y después de usar el herbicida.

Por supuesto, este es un gasto que en ningún caso realizan los barones de la droga: la coca es una especie de fácil siembra y rápida cosecha que no exige mayores cuidados; vale decir, es un negocio redondo desde el primer segundo.

Muy extraño, en efecto, que defensores de derechos humanos poco se preocupen por la salud de los “raspachines” ni de las familias campesinas que llevan a cabo las primeras etapas del cultivo de coca; si acaso, cuando les tocan el tema, miran para otro lado. En la práctica, los dueños de los lugares donde se encuentran los cultivos ilícitos, más de 140 mil hectáreas en Colombia, van ganando por punta y punta…

Por La Derecha: “¡Calladitos, calladitos, que hay billete para dar y convidar!”, les habrán dicho alguna vez a tan “idealistas” defensores, muchos de ellos intoxicados de marxismo, con la estolidez mental de quienes no tan ingenuamente respaldan ideologías financiadas en sus altas esferas por el narcotráfico continental. ¿Se la fumaron verde? Recordemos el “milagro”, pero no mencionemos a los santos… “Caramba -decían los genios de Les Luthiers-, ¡qué coincidencia!” Nosotros, unidos en el 2022.

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